Ensueño
En el mundo de Felix
Nací el ocho de diciembre, el día en que la Virgen María fue concebida sin pecado original. También comparto cumpleaños con Jim Morrison y Cristian Castro, es un día mágico.
Falta poco para cumplir 33, la edad que tenía Jesucristo cuando lo crucificaron. La idea era que coincida con la presentación del disco de la banda. Íbamos a tocar en una sala de ensayo, una cosa íntima. Pero parece que el lugar se cae a pedazos, el dueño dijo que el piso no soportaría a la gente, se cae. Ya va a aparecer algún otro lugar.
Soy un hombre enamorado. Hace un mes y tres días conocí a la dueña de mis fantasías y mi corazón. Pero hoy me dejó y yo quiero morir. Me acordé de que este sistema, este mundo nefasto, es como es.
Ema es una de las mujeres más hermosas con la que estuve en mi vida. La conocí en el centro de rehabilitación. Todos mis compañeros de los grupos están enamorados de ella, dicen que es misteriosa.
La primera noche que pasamos juntos fue en un telo con vista al cementerio de Recoleta. La recuerdo desnuda, con el pelo larguísimo, los ojos celestes o grises o verdes, según la luz, fumando. Era una silueta, una sombra negra y sensual frente a un decorado de tumbas, cruces y sarcófagos. Con el amanecer anaranjado por detrás, echando humo con su boca enorme y sus labios rosados. Por momentos su mirada se iba a lugares tristes, se detenía en algún punto fijo que se iba para abajo. Era tan sexy todo el tiempo. La vi sacada, en abstinencia, rogando que le pegara una cachetada y lo hice, ella se reía. Más fuerte, pedía, por favor. Está loca. Mi loca linda, mi vida, mi amor. La primera vez que le dije que la amo fue sin querer, se me escapó. Me daba vergüenza invitarla a mi casa, porque no tengo casa, estaba alquilando una habitación en una pensión. Quedaba en Palermo pero no dejaba de ser una villa. Ella merecía más que esa cama individual, más que la mancha de humedad. No merecía hacer el amor en silencio, conteniéndose de no molestar a los vecinos. La pobreza no la espantaba, se notaba que estaba curtida. Mi puta hermosa, ella me quería así, pobre, villero, drogón. Veía más allá de mí. Yo también veía más allá, “me gusta que me veas”, dijo una vez. Ema arrodillada en los pasillos del conventillo, con toda su finura de princesa falopera, mi Blancanieves con el pito en la boca. Podría morir así. Pendeja atrevida. La primera vez que vino a casa no la pude invitar a pasar porque estaba mi compañero, Martín, un pibito adicto a las agujas que conocí el mes pasado y me lo llevé a vivir conmigo cuando se quedó en la calle. Me dio pena, tiene 23 años, como ella. Pero ella es una anciana espiritualmente, el pibe es un nene. Cuestión que no llegábamos a buscar un telo, no llegábamos a ningún lado porque nos íbamos a incendiar. Se la metí ahí, en los pasillos entre habitaciones, mientras contenía los gemidos, a la luz de la luna que se filtraba entre las ventanas y los techos de chapa. Cuando le dije que la amaba fue sin querer, la quise bardear, decirle boba con cariño, pero en vez de eso le dije te amo, gila. Me puse colorado. No dijo nada, abrió más los ojos enormes y se rió, se hace la linda ella, se agranda. Así nos fuimos a bañar, con la ducha fría del baño compartido, al final del pasillo. Después de un rato el agua se calentaba pero salía más finito el chorro. Es un privilegio tener agua caliente.
Hoy me dejó, me abandonó. Me destruye saber que se está haciendo daño. Hace cinco días recayó. La veo triste, hundida en una nube gris que no la deja ver nada. Me dejaba plantado, me mataba. Lo supe desde el principio, se lo dije: vos me vas a mandar a terapia, nena. Le gustaba que le diga nena. Aunque ahora no sé si alguna vez le guste yo, no sé si me amó, ¿sentirá lo mismo que yo al verla? pienso que, si pudiera arrancarme el corazón para que lo cuide, lo haría. Quiero creer que sí. Lo que pasa entre nosotros es mágico. Era. Será, ojalá. Me mandó un mensaje a la tarde, diciendo que no estaba para una relación, que necesita concentrarse en su recuperación. Recayó con porro y alcohol, dice que está bien porque no tomó merca. Sos pelotudo, le dije cuando la vi en pedo y fumada. A veces le hablo en masculino. Es porque le hablo al Ser que está dentro suyo, a la verdadera. Da lo mismo el género del Ser. La gente suele descolocarse cuando les cambio los pronombres, pero ella lo entendió, dijo que también lo pensaba así, que las voces de su mente son andróginas. Es medio retorcida, a veces no sé si jode o habla en serio.
Yo me muero por fumar unas secas. Un porrito no me haría nada. Tengo que hablarle a mi padrino, pedir ayuda, me va a matar de amor.
Imaginé que nos armábamos una casita alejada de toda la mierda de la ciudad. Que teníamos un pibe o dos. Criaríamos a nuestro bebé en el campo, mientras hago mi música, compongo canciones y ella escribe, buscaríamos alguna editorial que la publique y todo en ese mundo estaría vivo. En esa casa entra el sol, se escuchan los pajaritos. Algún día, tal vez podríamos fumarnos un porrito juntos, me gustaría fumar con ella. Se asustaba cuando le decía eso, pero cuando le hacía pensar en sexo y merca le brillaban los ojos. Quedaba frecuenciada.
Le conté todo. Cuando estuve en la guerrilla narco en Brasil. Le conté la historia del tiro que tengo en el tobillo y de las personas que maté. Maté en una situación donde se debatía mi vida o la del otro, durísimo, ya hecho mierda por el paco a los 19 años, viviendo en la favela. Se lo conté cenando fideos con champiñones en su departamento de dos ambientes en Belgrano. No pareció asustarse de estar con un delincuente. Se lo conté con vergüenza, ella sonreía, fascinada. Me preguntó si las personas que maté eran policías. Sí, eran. Respiró aliviada. La pendeja tiene calle, más noche que la luna, se le nota. Se le notan los secretos que esconde. Es mágica, es especial. Es una artista increíble, reina del averno, de mi infierno. Domadora de mis demonios. Le escribo una canción por día.
Le conté de mi infancia. Cuando vivía en el conventillo de San Telmo, vendía flores de chiquito, robaba discos. Era un pibe chorro pero poeta. Le conté mis ascensos y mis caídas; cuando dirigí la orquesta de tambores más grande de Argentina, viajé por Latinoamérica, lleno de guita, la Legislatura porteña llegó a darme una placa de interés cultural. ¿Y qué pasó?, preguntaba. Lo de siempre. El paco. Vendí todo. Me arranqué los dientes uno por uno, no sentí nada. Me tengo que hacer los dientes. Soy fiero al lado de mi diosa encantada. Le conté mis traumas; el tío que me violó a los ocho y el bullying que me hicieron los pibes, “Elvio” me decían, elviolado. Todo le dí de mí. No fue suficiente, no parezco ser suficiente.
Ayer estábamos en casa, solos. En una cama, abrazados, mirando los edificios y los árboles moverse con el viento por la ventana. Ella estaba inquieta. Se había escabiado todo el día, sola, por lo que dijo, dando vueltas por la calle. Dijo que me plantó porque no podía hablar. Estaba muy fumada, bastante boluda, y sí, mi amor, te me vas, te estás yendo. Quería que venga a mi cumpleaños, que conozca a mis amigos, que salgamos y veamos películas, hagamos planes, vayamos a recitales. Podemos ser felices. Pero ella estaba triste e incómoda en casa. Siempre muy vueltera, nunca sabe lo que quiere, que sí, que no, y si no se decide decido yo, que duerma conmigo. Dice que me quiere, que le gusta estar conmigo, pero que me va a hacer mal y que yo también la puedo dañar, que necesita priorizar su recuperación y relacionarse conmigo es exponerse. De eso se trata también, mi amor, le digo, abrí tu corazón conmigo, así vas a sanar.
Le dí todo. Ella no me contó mucho. No me contó casi nada. Sé que es especial, que su don es la literatura. No sé nada de sus padres, de su pasado ni de sus errores ni de sus orgullos. No sé qué le cuenta a sus amigas de mí, si es que les habla de mí. No sé qué piensa de mí. No sé qué está haciendo ahora porque no me contesta los mensajes. No sé por qué está tan triste, no sé si se acostó con alguien más en estos días, aunque dice que no. Le dije que la esperaba en la puerta de su casa, que si no quería hablar conmigo no hacía falta, podemos abrazarnos, agarrarnos y no soltarnos nunca. Pero dijo que no quiere verme y yo estoy en su puerta, esperando, mientras ella se lleva toda mi fé en la humanidad.
Sé que lo que tenemos es de otro mundo, aunque ella dice que vivimos en este mundo, no en otro. Algo de otro mundo no es posible acá, dice. Me temo que el único mundo que hay es este, y acá, en esta hora, en este mundo, yo quiero morir, porque la mujer que amo dice que no está para una relación.
😭😭😭😭
Una maravilla de relato, Ana. Me cautiva todo lo que escribís. Puedo ver cada escena que describís. Te admiro 👏👏👏👏👏