Recalculando
¿Fin de ciclo?
Dicen que el primer día del año indica cómo serán los próximos doce meses. Yo arranqué el 2025 con una sobredosis de éxtasis, así que lo tomé como una buena señal. A nadie le pasa eso, solo a la gente que hace las pelotudeces que hago yo.
Los primeros meses del año los recibí flotando en el aire, volando como una criatura mágica que se ríe constante y psicóticamente. Mi mantra era que Dios no me permite pasarla mal ni por un minuto.
Solo me acuerdo de los cielos rosas y azules estrellados, de las noches en el balcón de la casa llena de plantas, lámparas de colores, hongos escondidos en rincones. Mis amigos y amantes vivían conmigo; señalábamos las luces cercanas a la luna e intentábamos vislumbrar si eran estrellas, planetas, satélites o antenas.
Pasé todo el verano intentando descifrar el origen de esos puntos titilantes; a veces había aviones quietos, rayos láser, cohetes, luciérnagas espaciales.
En ese balcón, en los breves momentos entre juntadas, joditas y citas, leía poesía, siempre acompañada de birra fría. Alrededor de la mesa de plástico con quemaduras de cigarrillos comimos choripanes, jugamos al truco por plata y perdí cantidades ridículas de guita, porque nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia se debe jugar al truco con varones de La Pampa. Son unos psicópatas, de terror.
Ahí también les tiré las cartas de tarot a un grupo de bailarinas de danza clásica. Una por una, cortaban el mazo y sacaban tres arcanos mayores, mientras yo tomaba cocaína y me conectaba con fuerzas superiores. Así les anticipaba el futuro, entre pase y pase. Ellas reían, se flasheaban porque no las conocía, pero lo que decía les resonaba.
Si bien los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, algo adentro mío dice que cada cosa que vivo tiene sentido. No podría ser de otra forma. Aunque no me guste, aunque no lo elija.
Es como las novelas de Paul Auster, donde las casualidades crean, con cada detalle, un entramado de hechos concatenados que conforman el universo de todos los personajes. Y a eso le llaman destino.
¿Ustedes creen en la casualidad o en el destino? Yo creo que está todo escrito. Vivimos oyendo el dictado divino que nos maneja con hilos invisibles, reproduciendo la historia silenciosa que se nos cuenta. Los momentos donde pensamos que nos estamos rebelando son cuando más tirantes se ponen esos hilos.
Fue un año raro, sí. Después llegaron los días de la bajada al centro de la tierra. Bajé y seguí bajando hasta recorrer cada rincón de la oscuridad como una viajera fascinada y aterrada. Me convertí en guía turística del Inframundo. Me corté las venas, después las pegué con La Gotita. Durante tres meses pensé que estaba embarazada. Le puse nombre al engendro mentiroso, le planifiqué una vida y un propósito siniestro.
Salí con hombres y decidí no darles nada de mí más que un cuerpo. Cambié mi identidad. Con cada uno era una persona distinta. Descubrí que, con mi valija de Juliana Maquillaje Artístico, puedo ser lo que quiera. Fui doctora, viuda, plomera, prostituta. Ellos me creían. Yo también creía que podía ser y hacer lo que quiera, porque el mundo era mío.
Después entendí que el mundo nunca fue mío. Entendí que tengo que hacerme espacio para habitar esta tierra, porque no hay lugar para mí. Tengo que patear puertas, escabullirme sigilosamente, construir mentiras que me dejen pasar. Una vez adentro puedo existir en paz.
Pero claro, mi corazón quedó tirado afuera, como una caja de cartón mojado, un reloj averiado.
Me dediqué a perderme con ahínco y ahora me dedico a buscarme. Entre las calles de La Boca, de San Telmo y de Almagro. Me busqué entre los libros de la librería, entre las botellas de la basura, entre los viejos que me confesaban sus secretos llenando de humo el baño, entre los tangos y el techno frenético, entre los bailes de cuarteto.
Fui al Parque Centenario, porque Villa Crespo tiene algo que me conecta a mi centro energético de poder, y me busqué en el lago. Ahí estaba mi reflejo, que se deformaba entre peces de colores, patos y bolsas de plástico.
Intenté alejarme de la locura. No lo logré del todo, no creo que lo logre nunca, pero al menos entiendo la demencia como un perro salvaje que se puede domesticar. Domesticado es infeliz, pero ahora sueño que tal vez algún día la bestia muera y el perro juegue sin atacar. Eso no va a pasar ahora. La bestia está. El perro también.
Escribí quince cuadernos como poseída. Esos fueron los mejores momentos, cuando sentí que estaba en contacto con un pozo de inspiración infinita. En otros momentos, mi conexión con el pozo se cortó y sentí que nunca más encontraría el camino a esa cueva maravillosa.
Me enamoré de gente que no existe y me acordé del poema de la piba berreta que dice que el amor es un invento para pasar el momento. Me obsesioné con cosas, situaciones, lugares y personas. Tuve sexo en un cementerio y en una cama enorme llena de gatitos bebés recién nacidos.
Vivo sin documento desde que lo perdí, y no pasa nada. Un día me paró la policía por fumar porro en una plaza, le conté unos chistes y se fue.
El 31 de diciembre del año pasado escuchaba a Los Redondos con mi amiga, la de flequillo, la más rota. Sus ojos adormecidos me dieron una esperanza absoluta e inusitada. Nos agarramos de las manos y bailamos. Nos abrazamos, narcotizadas, risueñas.
“Vamos a estar bien”, dijimos.
Y parecía una mentira miedosa que nos contamos para tranquilizarnos, pero era un desafío en el que nos unimos.
Si la soledad nos muerde, nosotras devolvemos el mordisco. Y nos reímos, siempre. Con las encías heridas y la boca llena de sangre.

¡Cómo me pegan los textos tuyos! Ana, te admiro, te quiero y te extraño.
👏👏👏👏👏👏👏👏👏